Hay meses en que la caja se llena y aun así, cuando llega el día de pagar, la plata no alcanza. No es mala suerte. Es que lo que entra en la caja no es lo que ganás: una parte es el costo de la mercadería, y otra se va en gastos que nadie anotó.
Vender no es ganar
Hagamos una cuenta simple. Vendés algo a $10.000. Te costó $7.000. Tu ganancia en esa venta es de $3.000, no de $10.000. Si con esa plata además pagás la luz, el alquiler y la reposición, lo que queda es bastante menos de lo que parecía mirando el cajón.
Si no sabés cuánto te costó cada producto, no sabés cuánto ganás. Sólo sabés cuánto vendiste.
Los tres números que tenés que mirar
- Lo que vendiste. El total del día, de la semana y del mes.
- Lo que ganaste en esas ventas. Precio menos costo, producto por producto. Ahí aparecen las sorpresas: productos que se venden mucho y dejan poco.
- Lo que gastaste. Luz, alquiler, sueldos, bolsas, fletes. Los chicos, sumados, son los que más se escapan.
Qué hacer con esos números
Cuando los ves juntos, las decisiones se vuelven obvias: a qué producto subirle el precio, cuál dejar de traer, qué descuento podés hacer sin perder plata y cuál no. Dejás de decidir por intuición y empezás a decidir con datos, sin ser contador.
No hace falta hacerlo perfecto desde el primer día. Empezá cargando el costo de los productos que más vendés: con eso solo, ya vas a ver tu negocio distinto.